Desde las 4:30 de la mañana, muchos duermen y Nelson ya está en pie.
Su día empieza como ha empezado durante años: agradeciendo a Dios por una nueva oportunidad. Después viene la rutina. Preparar el almuerzo, alistar las cosas, ayudar a su esposa y emprender el camino hacia el Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga.
Allí lo conocen como el conductor. Pero quienes han compartido con él durante estos 15 años saben que esa palabra se queda corta.

Nelson conduce vehículos, sí. Pero también conduce encuentros, acompaña jornadas, carga instrumentos, ayuda donde haga falta y, sobre todo, abre caminos para que la cultura llegue a lugares donde muchas veces otras cosas no llegan.
Su fórmula para ganarse el cariño de sus compañeros parece sencilla: empatía, compañerismo y servicio. “Si un compañero necesita algo, le colaboramos”, dice con la naturalidad de quien no entiende el trabajo como una tarea individual, sino como una oportunidad permanente para ayudar.
Su cargo tiene una función específica, pero Nelson nunca ha visto las labores del Instituto como compartimentos cerrados. Si hace falta apoyar en una sala, en un auditorio, en recepción o en cualquier otra actividad, allí está. No pregunta demasiado. Ayuda.
Y quizá esa sea una de las razones por las que todos lo quieren. No hace distinciones. Para él, el compañerismo no depende del cargo ni de la jerarquía. Su manera de relacionarse con los demás está marcada por una palabra que repite con convicción: lealtad.
Pero hay un lugar donde su trabajo adquiere un significado especial: las veredas. Desde hace aproximadamente siete u ocho años, Nelson acompaña las jornadas culturales que llegan a las zonas rurales de Bucaramanga. Y allí descubrió que conducir también podía significar llevar alegría.
Recuerda especialmente aquella primera visita a una vereda llamada El Inicio. El nombre no es casual: en el patio de la escuela termina Bucaramanga y comienza Rionegro.
Aquel día ocurrió algo que todavía conserva en la memoria.
La comunidad los esperaba. La Junta de Acción Comunal estaba allí. Los niños también. Era, según les contaron, una de las primeras veces que llegaba hasta ese lugar una actividad de este tipo.
Como agradecimiento, la comunidad les ofreció un almuerzo y la escuela les preparó un desayuno.
No era simplemente comida. Era gratitud. Era la manera que encontraron aquellos habitantes de decirles: “Gracias por venir hasta aquí”. Y Nelson entendió que detrás del volante había algo mucho más grande.
Porque en las veredas, dice, hay niños que muchas veces no tienen la posibilidad de llegar a una biblioteca o participar de actividades culturales. Entonces el Instituto hace el camino contrario: lleva los libros, los talleres, los artistas y las oportunidades hasta ellos.
Y los niños lo saben. Apenas ven aparecer el vehículo, se preparan. Saben que algo está por pasar.
Llegan los talleres, llegan las historias, llega la lectura y llega la posibilidad de descubrir que también tienen un lugar en la cultura.
Nelson observa todo eso desde un lugar silencioso, pero profundamente humano. Ve cómo reciben a los talleristas. Ve sus caras de felicidad. Ve cómo esperan cada actividad. Y en esa mirada encuentra una de las mayores satisfacciones de su trabajo.
Después de 15 años, también piensa en el día en que tendrá que dejar el Instituto. No quiere esperar hasta los 70 años, cuando llegue el retiro forzoso. Quiere irse mientras todavía tenga fuerzas.
Porque tiene planes.
Quiere montar en moto, viajar, conocer lugares, moverse, disfrutar. Quiere vivir esa otra etapa con la misma energía con la que ha vivido estos años de servicio. Tal vez por eso su historia no habla solamente de un conductor que cumple una jornada laboral.
Habla de un hombre que entendió que servir también es una forma de dejar huella.
Un hombre que llega temprano, que ayuda sin preguntar, que no distingue entre jefes y compañeros, que recuerda con emoción el recibimiento de una comunidad y que todavía encuentra sentido en ver a un grupo de niños correr hacia un vehículo porque saben que allí viene algo que los hace felices.
Nelson conduce un vehículo del Instituto, durante 15 años, ha conducido algo mucho más importante: la cultura hacia lugares donde más la necesitan.
Oficina de Prensa y Comunicaciones Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga