A las cinco y media de la mañana, cuando la ciudad apenas bosteza, Diana Carolina Duarte Galindo ya está de pie, antes de cualquier agenda, antes de cualquier decisión institucional, hay una escena íntima, en familia que define su mundo, ver dormir a sus tres hijos.
No es una rutina, es un ritual.
Los contempla como quien encuentra el sentido de todo. Verlos dormir o ya despiertos, es su primer acto de amor del día. Ahí recarga la energía que después convertirá en decisiones, liderazgo y servicio. Ahí empieza todo.

Minutos después, la casa es movimiento. Tres niños pequeños, risas madrugadoras, uniformes, peinados con ligas de colores, desayunos compartidos y un equipo que funciona, ella y su esposo. No hay protagonismos, hay corresponsabilidad, son un equipo, una familia.
A las 6:30 a.m., el día ya ha avanzado, luego viene el otro escenario; el trabajo. Uno exigente, absorbente, profundamente cargado de compromisos que ella lo convierte en una labor muy humana. Como subdirectora técnica del Instituto Municipal de Cultura y Turismo, Diana no administra tareas, escucha historias, atiende artistas, funcionarios, ciudadanos. Recibe cargas ajenas y las transforma en soluciones.
Su oficina no es un espacio frío. Es un lugar donde alguien puede llegar molesto, estresado y salir con una solución a lo que le atormentaba.
Porque ella no entiende el servicio público como un cargo, sino como una actitud y servicio.
Y en medio de esa intensidad, el tiempo deja de existir. A veces el almuerzo se olvida, a veces el reloj corre más rápido que las reuniones. A veces, incluso, la culpa aparece: “¿Ya llamé a mis hijos?”. Entonces respira, marca el número, y al otro lado encuentra lo que la sostiene, la llena, la nutre.
Su equilibrio no está en tener más horas, sino en hacer que cada minuto cuente.
Por eso, cuando vuelve a casa, regresa a lo esencial; abrazos, cuentos, oraciones, besos repartidos de forma justa entre tres corazones que no compiten, sino que crecen en amor. Uno por uno, a cada uno de ellos les da sus abrazos y besos. Para que ninguno sienta que el amor se divide, sino que se multiplica.
Después, cuando todo se apaga, llega su momento más silencioso: una ducha, un respiro, un cierre. Y vuelve, otra vez, a ellos. A darles la bendición. A asegurarse de que están bien. Como al inicio del día.
Como siempre.
Diana no habla de sacrificios, habla de decisiones con sentido. Sabe que no puede estar en todo, pero también sabe que está donde importa. Su tiempo no es perfecto, pero es real. Y, sobre todo, es intencional.
En el trabajo, lidera con empatía. No cree en el miedo como motor, sino en la confianza. Aprendió que un equipo crece cuando se siente valorado, no vigilado. Por eso escucha, corrige sin juzgar y acompaña sin imponer. Para ella, dirigir es construir juntos.
Y en la vida, tiene claro su propósito: sus hijos son su motor, pero también su responsabilidad más grande. No solo criarlos, sino formar seres humanos valiosos para una sociedad que los necesita.
Por eso insiste, sin discursos vacíos, sí se puede… ser madre, profesional, mujer, líder. No es fácil, pero tampoco imposible. Es mejor cuando hay amor, cuando hay propósito.
Diana Carolina Duarte Galindo no intenta ser perfecta, intenta estar presente.
Y en un mundo que corre sin pausa, ella empatiza con su equipo y con todo el que se le acerca. Y eso ya es extraordinario, ese será su legado.
Oficina de Prensa y Comunicaciones IMCT