Hay días que cambian la vida sin pedir permiso. A Nathalia Melissa Torres Cárdenas le pasó en una mañana cualquiera, una llamada, una decisión tomada por otros y, en cuestión de horas, un nuevo escritorio, un nuevo equipo y una responsabilidad que pesa tanto como la cultura y el turismo de una ciudad.

No hubo tiempo para procesarlo. “En la mañana me dijeron y en la tarde ya tenía que estar aquí”, recuerda. Venía de un lugar donde era feliz, donde el trabajo no dolía y donde, además, ayudaba a que otros encontraran oportunidades. Cambiar no fue fácil. Nunca lo es cuando uno se apega a la gente, a los espacios, a la rutina. Y ella lo admite sin maquillaje: fue duro.

Porque no siempre los ascensos se sienten como ascensos.

Ese día le dijeron que iba para el IMCT. Afuera, muchos lo vieron como un logro, un movimiento estratégico, incluso un privilegio. Adentro, en cambio, lo que hubo fue incertidumbre. “Yo no lo veía así”, dice. Pero el tiempo, que tiene la costumbre de poner todo en su sitio, le terminó revelando otra verdad: alguien había visto en ella algo que ni ella misma alcanzaba a ver.

Un voto de confianza. Un espaldarazo. Una apuesta.

Hoy, desde la dirección del Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga, Nathalia no habla desde la teoría. Habla desde la transformación. Desde los días difíciles del inicio, cuando todo era nuevo y exigente. Y desde la certeza que llegó después: “fue una bendición de Dios”.

Su día empieza antes que la ciudad. A las 5:30 de la mañana, con un pensamiento urgente y cotidiano: que su hijo no llegue tarde al colegio. La vida real, la de todos, la de cualquier mamá.

Pero cuando la puerta se cierra y el caos de la casa se apaga, aparece otra Nathalia. Una que se hace una pregunta distinta cada día: “¿a quién le voy a cambiar la vida hoy?”.

No habla de grandes gestas. Habla del día. De ese pequeño margen en el que alguien puede respirar mejor, sonreír o sentirse visto. Cree, con una convicción casi obstinada, que todos los días hay alguien en el camino esperando un gesto, una palabra, una energía distinta.

Y también cree, porque lo ha vivido, que eso siempre regresa.

El trayecto al trabajo es su refugio. Treinta o cuarenta minutos donde el mundo se reduce a una conversación íntima con Dios. Canta. Agradece. Pide. A veces no entiende por qué está donde está, pero igual da las gracias.

“Ni yo misma entiendo la vida que tengo hoy”, dice, y en esa frase hay más honestidad que discurso.

Después, la puerta de la oficina se abre y todo cambia. El ritmo se acelera, las decisiones pesan, las horas desaparecen. Hay días en que levanta la cabeza y ya es tarde. Muy tarde. Tanto, que a veces la culpa llega en forma de mensaje sin responder o de llamada que nunca hizo.

El trabajo la absorbe. Y ella lo sabe.

Pero también sabe algo más importante, que no puede permitir que eso la convierta en alguien distante. Por eso insiste en lo básico, en lo que muchos olvidan cuando el poder llega, saludar, sonreír, preguntar cómo está el otro.

Puede parecer mínimo. No lo es.

“Puede que para alguien sea lo único bonito que reciba en el día”, dice. Y lo dice como quien entiende que el liderazgo no está solo en las decisiones grandes, sino en los gestos pequeños.

En su equipo hay mayoría de mujeres. Y eso, para ella, no es una dificultad sino una fortaleza.

Le molesta esa vieja narrativa de que las mujeres no pueden trabajar juntas. Su experiencia dice lo contrario: cuando se apoyan, cuando se alegran por el logro de la otra, cuando entienden que el camino es más duro, pero no imposible, se vuelven imparables.

“Solas somos poderosas, pero juntas somos invencibles”, repite.

No es una frase bonita. Es una forma de trabajo.

Porque Nathalia sabe que a las mujeres les toca más; liderar, cuidar, sostener, responder. Ser todo al tiempo. Y, aun así, seguir.

Por eso insiste en algo que suena simple, pero no lo es: crear redes, acompañarse, no competir trabajar desde la construcción.

Entre reuniones, decisiones y planes, como ese objetivo claro de tener lista la feria de la ciudad con tiempo, para tener todo bajo control, hay una idea que atraviesa todo lo que hace: el impacto.

No el personal. No el del cargo. El de la gente.

Habla del vendedor de mazorca, del que vende agua, del que espera esa semana para levantar un poco la economía de su hogar. Habla de la ciudad como un tejido donde cada acción cuenta.

Y ahí está, quizás, la clave de su forma de liderar es entender que el trabajo público no es un escenario de brillo individual, sino una oportunidad colectiva.

Cuando piensa en cómo quiere ser recordada, no menciona cifras ni proyectos.

Habla de otra cosa.

Quiere que algún día alguien diga: “ella era buena gente”.

Que saludaba. Que entendía. Que, si alguien estaba mal, lo veía. Que no endureció el corazón en un cargo donde muchos lo hacen.

Porque en un mundo donde el poder suele distanciar, ella eligió acercarse.

Y sin lugar a dudas, sin darse cuenta, ya está dejando huella.

Oficina de Prensa y Comunicaciones IMCT

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