Frans Saúl Acevedo Pinto es un hombre que no solo ha dedicado su vida a clasificar libros, sino a ordenar silenciosamente su propia existencia. Frans Saúl Acevedo no habla rápido. No necesita hacerlo. Cada palabra parece haber pasado primero por la meditación de las madrugadas.

Mientras la ciudad duerme, él ya está despierto.

A veces a las tres, otras a las cuatro de la mañana. Dos horas de meditación que, según dice, lo cargan como si conectara su espíritu a una fuente invisible de energía. “Es como prender el celular”, explica. Y sonríe. No es una metáfora improvisada, es su forma de habitar el mundo.

Su rutina no es extraordinaria por lo que hace, sino por la intención con la que lo hace. Se ducha, desayuna y llega puntual a la Biblioteca Municipal Gabriel Turbay, ese edificio que describe como “hermoso y único en el oriente colombiano”, donde trabaja en procesos técnicos: catalogación, clasificación y organización de libros. Un oficio silencioso, casi invisible, pero esencial. Como él.

Frans no solo ordena libros. Les da sentido. Les da rostro. “La imagen le da fuerza al libro”, dice, como si hablara también de las personas.

Padre de dos hijos, una psicóloga y un diseñador gráfico, nunca impuso caminos. Solo abrió puertas. “Decisión tuya”, les dijo cuando eligieron carrera. Y en esa libertad, ambos encontraron su rumbo. Él lo sabía: cada quien debe descubrir su propia dimensión.

Pero si hay un lugar donde Frans trasciende su rol técnico, es en las tertulias. Lo que empezó como encuentros cerrados de adultos mayores, se transformó en espacios vivos de memoria, historia y conversación. Primero fue “Come libro”. Hoy es la tertulia “Jorge Valderrama Restrepo”. Un homenaje, al fundador de la biblioteca, sí, pero también una declaración: los libros no se leen solos, se comparten. Allí, Frans no clasifica. Conecta.

Conecta historias olvidadas, conecta poetas sin vitrina, conecta personas con preguntas. Hace lo que pocos logran en una biblioteca, la convierte en un lugar que respira.

Ahora, el tiempo le plantea otra etapa: la jubilación.

Pero Frans no la ve como un final. La planea como un ritual. Planea que en la primera semana la utilizará entera a la meditación. Luego viajará por Santander: Barichara, Málaga y Zapatoca. Tal vez viajará en un crucero, si logra convencer a su esposa. Después, volver a meditar. Y luego, sentarse a diseñar su nueva vida: pintar, escribir, aprender guitarra, y bailar, disfrutar de su hogar.

No hay prisa, nunca la hubo.

Y aunque dejará su puesto, no dejará la biblioteca. Ya lo prometió: volverá como usuario, como lector, como visitante silencioso que saluda y se sienta a leer. Sin protagonismo. Sin ruido.

Porque Frans nunca trabajó solo por dinero.

Trabajó y vive desde una dimensión más profunda. Antes de terminar, deja un mensaje a quienes están por cerrar su ciclo laboral: confianza, lectura y conciencia. “La lectura es una forma de resistir”, dice, citando a un escritor sin nombrarlo. Y luego, como quien resume toda una vida en una sola línea, dijo la frase que lo define, “uno debe ser honesto en la vida, porque lo que siembra, después lo recoge”.

Y en su caso, lo que sembró no cabe en archivos ni estanterías, porque es mucho más grande y se llama legado, su legado.

Oficina de Prensa y Comunicaciones IMCT

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